ARROZ NEGRO 14

                                       Nombre: Escritor Antonio Gonzàlez Balsalobre + Ilustradora Leticia Rodríguez
Hoy he decidido dejar de matar. Hacer mejor uso de mis manos. Hoy he decidido dejar de ponerme la piel que me ha permitido llevarme a tantos por delante.
Estos dedos que se retuercen bajo las mantas dejarán de urdir misterios asesinos. Estos pies dejarán de llevarme a encrucijadas donde seas o tú o yo. Tal vez cavar tumbas me calme y me ayude a comprender sus nombres, quién sabe. Mientras, quemaré la ropa que me ha acompañado en mis carnicerías selectivas. Las cartas que me escribieron mis víctimas servirán para avivar el fuego con el que pretendo iluminar mi última miseria, mi único milagro. Matar es fácil, lo complicado es sobrevivir a las horas muertas cuando se puede pensar y el fuego no es suficiente.
¿Qué me llevó a matar la primera vez? ¿ Cómo conseguí rodear el primer cuello con el guante de cuero negro de mi mirada? ¿ Cómo se consigue pasar por encima del dolor de otro? ¿No era tan valiente, tan recto, tan despojado de miserias que estaba por encima de todo? Tal vez fue eso. Tanto creerme por encima me llevó a una carnicería discriminada.
No soy un sociópata. Supongo que no soy un sociópata porque nunca he matado a nadie que no se me hubiera mostrado antes. Mis víctimas siempre me han confiado sus rincones, mis víctimas confiaban en mí. Yo era aquel buen muchacho, aquel amante, aquel confidente. Los asesinos de mi clase nunca follamos con nadie al que no podamos despiezar desde dentro y a pesar de que hay días y noches en los que deseamos el contacto puramente voluptuoso, la mayor parte del tiempo nos causa un asco enfermizo ese contacto gratuito con otra piel, esos besos nos parecen nada más que un intercambio baboso entre dos seres desesperados. La carne muere pronto, la carne se resiente rápido, pero las palabras causan un daño permanente que dejan los puntos vitales de la víctima a la vista y es tan tentador meter ahí los dedos…
Será difícil no rondar a nuevas víctimas, prescindir del calor apasionado de su confianza durante el tiempo que empleaba en ser depósito de sus caricias. Abandonar ese lugar seguro desde el que las manipulaba con palabras cándidas y gestos inequívocos de mi sincero afecto.
La ceniza, las fibras aún humeantes y los montículos de tierra removida cubren al completo el suelo de mi diminuto piso que hasta ahora ha sido santuario, altar y testigo cómplice. Sentado en el suelo espero a que el nuevo escenario penetre mi consciencia y la transforme. Deseo dejar de matar, empezar de nuevo antes de que mi frente muestre la miseria que hasta ahora ha sido mi razón de ser y me hunda en una tierra intermedia, tibia, en la que no hay gloria, ni redención, ni muerte, y en la que todas las semillas germinan enfermas y extienden sus tallos hacia el fango exponiendo sus débiles raíces a los rayos de un sol deshidratado.
Un año después mantengo la cordura. Mis costumbres han cambiado, vivo más de día y hace unos meses que he conocido a alguien. Desde el primer día su naturalidad se unió a mi propósito sin palabras y me sentí tranquilo, limpio. Los impulsos homicidas parecen haberme abandonado.
Una tarde, como muchas otras, quedamos para tomar un café en su casa y al abrirme la puerta noté algo diferente en su expresión, no pensé en nada en concreto, sólo algo diferente. Con el café delante y sentados en el sofá, le conté que llevaba días pensando que podríamos hacer un pequeño viaje juntos y mientras lo hacía su mirada fue ensombreciéndose. Al preguntarle si pasaba algo me dijo que no, que era sólo que no tenía dinero para hacer un viaje y que además se le complicaba con el trabajo al que ahora no podía faltar. “ Bueno, no tiene porque ser ahora, podemos ir más adelante.” Pero había algo más. Aquella fue la primera vez que sentí que me ocultaba algo, lo pasé por alto y me puse en sus manos sin saberlo. Confiado por primera vez en años y sin doble pensamiento, el muñequito estaba servido.
Esta noche, cuando se ha agachado a coger algo detrás de uno de los laterales del sofá, no he intuido nada en su mirada ni he visto el clásico brillo fatal del cuchillo antes de clavarse. Su expresión no ha cambiado ni un ápice mientras la hoja se hundía en mis tripas y una vez allí rebuscaba. He sentido su aliento en la mejilla mientras me rodeaba con un brazo para atraerme más hacia ella y de mi garganta no ha salido un grito sino un ahogado y acuoso gorgoteo. Ahora, mientras aguanto con ambos brazos mis tripas retorcido sobre el sofá, cada ir y venir del cuchillo resucita a una de mis anteriores víctimas y en una ensoñación de desangre creo verlas a todas formando un círculo a mi alrededor, riendo como hienas y escupiéndome salivazos que me queman.
Mi participación involuntaria en ese aquelarre, así como el relato de mi historia son dos misterios que no he conseguido desvelar. Desde entonces habito paisajes donde tras cada sofá, tras cada mujer y en todos los sueños que no me traen descanso encuentro a una de mis víctimas dispuestas a redimirme con la precisión de un cuchillo y el milagro de una amante resucitada.